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En voz de la justicia

Autora: Tania Yudit Ramírez Torres.
Estudiante del 4to curso de Medicina,
Facultad de Ciencias Médicas de Camagüey

Después de una farsa celebrada bajo la presión de la turba, ocho estudiantes del primer año de Medicina resultaron muertos en medio de frenéticos aplausos y otros treinta y uno enviados a presidio, el día 27 de noviembre de 1871.

Estos jóvenes fueron acusados de penetrar en el campo santo y profanar la tumba de Gonzalo Castañón y de Ricardo de Guzmán: pisotear las coronas, arrojar basura sobre las lápidas, llenar de inscripciones filibusteras la pared y de proferir gritos sediciosos. Sin embargo, la bóveda no mostraba la más ligera huella de profanación y solo una raya hecha mucho antes en el cristal que cubre las ofrendas florales, fue todo lo que pudo ser atribuido a una mano irresponsable, si no hubiera estado cubierta por el moho.

Miles de hombres armados llenaban las calles, rodearon la prisión, gritaban continuamente pidiendo la muerte de los estudiantes y lograron que el gobierno cediera a sus demandas. El general Crespo quien estaba a la cabeza del gobierno, firmó sentencia de muerte, convencido de la infamia.

Un muchacho de dieciséis años, que había cogido una flor en el jardín del cementerio, fue el primer escogido para ser fusilado, con los mismo rifles a cuya compra su acaudalado padre había contribuido generosamente. Cuatro de sus condiscípulos que habían estado jugando con una carretilla, le siguieron inmediatamente. Se ha dicho que el indigno tribunal se había comprometido con la turba a dar muerte a ocho de los prisioneros y que las otras tres víctimas requeridas, se escogieron mediante sorteo. Los infelices muchachos encararon la muerte voluntariamente, ni una rodilla flaqueó.

Unos recibieron las balas en la cabeza, otros en el corazón. Los ocho cadáveres fueron sepultados sin nombre: una cruz a una lápida, cuatro de sur a norte, cuatro de norte a sur.

Tan solo Federico Capdevila Miñano, como capitán del Ejército Español, tuvo a su cargo la defensa de los estudiantes de Medicina y además el coraje de pronunciar en el juicio unas pocas palabras, y a la vez valientes, por lo que escasamente escapó a pagar con su vida, a manos de la turba, poco dispuesta a aceptar algo que no fuera un final sangriento.

Federico Capdevila nació en Valencia, España, en 1845, era hijo de Petra Miñano y de Medardo Capdevila, militar que había hecho la campaña de África junto a Martínez Campos. Federico, en la adolescencia comenzó a cursar estudios militares en el colegio de Infantería de la reina, donde se graduó en 1862. permaneció en España hasta 1868, con el grado de subteniente. En este año, al comienza de la guerra de los Diez Años, llegó, la eligió para vivir y constituyó una familia.

En 1871 se encontraba en La Habana esperando el curso de las operaciones, que en la región oriental de Cuba llevaba a cabo el conde de Valmaseda, quien debía indicarle su nuevo destino; con este lapsus, se le escogió como defensor de los estudiantes de Medicina.



A las pocas semanas del fusilamiento, se le ordenó salir de campaña para evitar un nuevo crimen debido a la agresividad que sentían hacia él los voluntarios de La Habana, para quienes todo lo criollo, representaba odio y sangre. El gesto digno de Capdevila no sería olvidado tan fácilmente.

En Cuba llegó a hacérsele la vida insoportable, por ello decide regresar a España, pero tampoco allí se le miraba bien; entonces decide retornar a la Isla, cuando cree que los ánimos se han calmado.

Federico Capdevila recibió una carta firmada por Francisco María Héctor y Vega, donde le habla de la deuda que tenía la Patria Cubana, para con el defensor de los estudiantes del 71, y que de acuerdo con varios amigos, se le ofrece una espada, de honor, como símbolo de su firmeza de carácter, a la que Capdevila contestó: "Cuando tuvieron lugar los tristes sucesos, mi proceder no fue otro que el que corresponde a mis principios y sentimientos, y el que debe tener toda persona y en particular un militar, que en algo aprecia su dignidad". Sugirió que el dinero de la suscripción se empleara mejor en erigir un monumento a las víctimas del 71.

Luego, a la insistencia de Héctor y Vega, acudió a aceptar la espada de empuñadura de oro, como símbolo de gratitud de todo el pueblo.

El 31 de mayo de 1895, es arrestado su amigo Emilio Bacardí, por recaudar dinero para la compra de armamentos con destino a los generales Antonio y Jesús Maceo. Emilio le escribe una carta a Capdevila, la cual es interceptada y por ella se dispone su arresto. Preso Capdevila, se agravan sus malestares de salud; a la tuberculosis hay que agregar ahora una enteritis que complica su dolencia.

Capdevila murió en Santiago de Cuba, a su regreso del éxodo del Caney en el año 1898, precisamente al finalizar la Guerra de Independencia contra la Metrópoli española y con el grado de Teniente Coronel, con el cual se había retirado. Al morir, su cadáver fue tendido en el aula magna del Instituto, frente a un gran mural que representaba el fusilamiento de los estudiantes del 71. luego es sepultado en el cementerio de Santa Ifigenia. Los estudiantes supervivientes del 71, entre ellos el doctor Fermín Valdés Domínguez, concibieron la idea de trasladar sus restos a La Habana para ser colocados en el mismo Mausoleo donde se guardaban los de sus defendidos. El 27 de noviembre de 1904, día en que se conmemoraba el trigésimo tercer aniversario del trágico suceso del 27 de noviembre d 1871, los restos del Capitán Capdevila fueron colocados en el mencionado Mausoleo.

En 1909 un grupo de estudiantes orientales, le erigieron a Capdevila un busto, este fue colocado en una plazuela, frente a la iglesia de San Francisco. En 1935, para manifestar su repulsa al régimen machadista, un grupo de estudiantes, entre ellos Tomás Acosta y José Amodia, secuestraron el busto. El 27 de noviembre de 1937, el estudiante Acosta volvió a restituir el busto a su antiguo pedestal.

Durante la lucha contra la tiranía batistiana, los estudiantes santiagueros hicieron destacar su rebeldía frente al busto de Capdevila. Por allí desfilaron Frank País, Pepito Tey y tantos otros que dieron sus vidas por la Revolución.

La honesta trayectoria, la firme defensa y la pureza de ideales de un noble oficial español han hecho que las nuevas generaciones no olviden a quien fue capaz de levantar su espada en aras de la justicia

La justicia tiene modos y mediante el valor de Fermín Valdés Domínguez, uno de los estudiantes supervivientes condenado a prisión, la inocencia de sus amigos fue demostrada.

Escena dramática aquella en la que Valdés Domínguez, indiferente al peligro que su acción podía acarrearle, avanzó trémulo de emoción, hacia el féretro de Castañón, cuyo hijo, acompañado de sus amigos, hacía extraer de su bóveda temporal, para ser trasladado a su definitivo lugar de reposo en España y levantando su mano sobre el sarcófago intacto, conjuró solemnemente al hijo, un joven de 20 años, a que declarara que los restos de su padre no habían sido profanados por los estudiantes. El hijo de Castañón declaró públicamente que ninguna mano impía había tocado los restos de su padre. Al propio Domínguez le fue permitido abrir el sarcófago en que yacía el hombre que en su nombre causó esta vez inconscientemente tantas muertes.

El joven Castañón confirmó en una carta digna su declaración.

Todos los interesados dieron permiso a Valdés para recuperar si ello fuera posible, los restos de los estudiantes del apartado lugar en que habían sido enterrados y después de trabajar incesantemente durante tres días, con sus propias manos, ayudado por sus amigos y los negros sepultureros, descubrieron al fin todo lo que quedaba en la tierra de sus amigos muertos: ocho esqueletos tendidos uno junto al otro, los cráneos y las costillas quebradas por los proyectiles del pelotón de fusilamiento; una corbata de seda, algunos botones de cuello y unas hebillas de plata, fue todo lo que pudieron encontrar para identificar a las víctimas de este crimen histórico.

La alegría de los cubanos por esta vindicación triunfante de los estudiantes, no ha sido ensombrecida por ningún exceso de su parte o por alguna irreverencia de aquellos que en días más oscuros fueron los autores del nefando hecho. Palabras de paz fueron pronunciadas sobre los restos de quienes cayeron víctimas de las furias de la guerra y justo reconocimiento de la inculpabilidad de los inocentes es probable que constituya más al bien general que al mismo castigo de los culpables.

"!Así, luces serenas, son en la inmensidad del recuerdo aquellas ocho almas!".

(Oc.2.450).

 

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  • Fecha de actualización: 28 de abril de 2008
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