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MEDICINA TRADICIONAL

BALNEOTERAPIA: LEYENDA O REALIDAD…

Por: Dr. José Pedro Martínez Larrarte, Asesor de la Revista

La historia atribuye a Hércules la invención de la balneoterapia. En varios lugares de la antigua Grecia, los edificios en que estaban emplazados los baños para estos fines, se hallaban consagrados al Dios, que a los ojos de sus admiradores, representaba el vigor físico.

Sobre las monedas de Therme (o Therma), ciudad fundada por los cartagineses al norte de Sicilia, se ven, por un lado, la cabeza de Hércules, y por el otro, las ninfas que por complacer a Minerva, hicieron brotar la fuente destinada a reparar las fuerzas del héroe que ella protegía (1).

La misma Minerva, según una leyenda (2), y otra referente a Vulcano (3) habían hecho correr en las Termopilas, al borde del mar, las fuentes sulfurosas en que Hércules reparó sus fuerzas después de realizar los 12 trabajos que le fueron encomendados, de aquí que aquellos baños medicinales fueran denominados los baños de Hércules.

Grecia conocía los efectos de la balneoterapia desde tiempos muy remotos, no hay más que leer en la Odisea el relato del recibimiento que hizo a Ulises la maga Circe: “…Cuatro ninfas estaban en el palacio de Circe y la servían con celo… la cuarta lleva el agua; después enciende un gran fuego debajo del amplio trípode. El agua se calentaba y cuando ya se había templado dentro del bronce sonoro, la ninfa me coloca en la bañera, coge el agua caliente del trípode, la mezcla con ciertas esencias y la vierte sobre mi cabeza y mis espaldas para desembarazar mi cuerpo de la fatiga y curar las heridas que lo acaban…” Todos los actos de este baño medicinal están indicados en dicho relato con la precisión a que el poeta griego nos tiene acostumbrados (4).


Seiscientos años después de Homero, Hipócrates, el Padre de la Medicina, comprueba que la extensión de los baños medicinales era todavía limitada en Grecia, declarando que raramente los prescribiría, por la dificultad de los particulares para procurárselos. Por orientaciones precisas de él se multiplican los baños para estos fines; no obstante, sus indicaciones no se hicieron habituales hasta poco tiempo antes del Ateneo, es decir, hacia el primer siglo de la era cristiana (1).

En Pompeya, los ciudadanos pudientes acostumbraban a tomar baños termales recomendados por los médicos en estanques construidos para tales fines. Al principio el agua se calentaba mediante un horno, más tarde, con el progreso paulatino de la ciudad, estos baños se construyeron sobre un subterráneo lleno de aire caliente, que se completaron con tubos a lo largo de las paredes, que repartían por todo el estanque un calor agradable y uniforme. Mecenas, Diomenes y Plinio el joven, tenían en sus villas unos baños termales de este modelo (5).

Las virtudes de la fuente de Juvencio, encontradas en Aarhus, eran manantiales ferruginosos, en los que todo el misterio consistía en proporcionar más vida y fuerza a las mujeres que tenían colores pálidos en las mucosas y la piel (6).

Al comienzo de la Edad Media, después de haber sometido a las Galias por el poderío de sus armas, los romanos habían acabado la conquista al imponer no sólo sus artes y sus vestidos, sino sus instituciones y reglas de salud. Así en un pueblo que fue esencialmente asimilador, la fusión era casi completa en menos de un siglo.

Junto con los templos, teatros, circos y monumentos, los romanos exportaron al centro de Europa el uso de los baños medicinales, y del tiempo en que las Galias se convirtieron en una provincia romana, datan las Termas de Juliano, encontradas en el centro de París, junto a la orilla izquierda del Sena.

Estos baños mineromedicinales fueron utilizados en los primeros siglos de la monarquía por los reyes de turno, según prescripciones médicas, y en especial, por Carlomagno, quien se restablecía de las fatigas y heridas recibidas en las incontables contiendas en que participó. A él se le atribuye además ser el precursor de la expansión por el resto de Europa de este medio rehabilitador (7).

Los médicos egipcios recomendaban antes de una sesión de balneoterapia, determinados masajes que regularmente realizaban los criados; éstos doblaban los miembros hasta adquirir la flexibilidad necesaria y hacían crujir las coyunturas; asimismo, apretaban la espalda con los dedos sin que se experimentara impresión dolorosa. Cuando de este modo ablandaban las articulaciones, el paciente pasaba al cuarto de baño, donde el criado vertía sobre el cuerpo las aguas termales recomendadas, siendo frotado a su vez con un manojo de filamentos de palmera, parecidos a la crin de un caballo (8).

Los turcos hacían uso habitual de los baños termales, tanto para conservar la limpieza del cuerpo, como para mantener y afirmar la salud. Al igual que las recomendaciones de los galenos egipcios, previamente un masajista les hacía crujir todos los huesos del cuerpo, de los brazos y las piernas, pero con el objetivo de ablandar y arreglar los nervios; posteriormente, con una navaja se afeitaban la barba y las axilas, pasando por último al baño, donde se sumergían por varios minutos en las aguas hidrotermales (9).

Para los rusos, el baño medicinal con té o un cocimiento de plantas era el remedio de todos los males en el siglo XVIII; en ocasiones era indicado por el médico el baño helado sucediendo al baño muy caliente, lo que no pocas veces provocaba reacciones violentas no esperadas. En este país, sus habitantes se comenzaban a bañar con aguas muy frías desde que los niños empezaban a andar, así se hacían poco sensibles al rigor de las estaciones invernales (10).

Los manantiales que poseen aguas con cualidades curativas, utilizadas regularmente en la balneoterapia en Cuba, tienen su historia muy ligada a la introducción de la esclavitud. A principios del siglo XIX la hacienda donde se encuentran ubicados los lagos de Mayajigua, pertenecían a Don Luis Miguel de Rojas y Loyola, quien tuvo noticias de la existencia de los manantiales por boca de sus esclavos, quienes a menudo se bañaban en las tibias aguas que brotaban allí cerca, para aliviar el dolor de sus cuerpos cuando eran sometidos a los castigos del mayoral, observando todos asombrados, cómo sus heridas sanaban con extraordinaria rapidez (11).

En los baños de San Diego, un terrateniente de la zona, al advertir que uno de sus esclavos tenía una extraña afección en la piel semejante a la lepra, ordenó construirle una cabaña en lo más intrincado del monte, prohibiéndole regresar a la hacienda de la cual provenía. El esclavo, llamado Taita Domingo, vagó sin rumbo por los alrededores, acostumbrándose a bañarse en una zona del río San Diego, que tenía una temperatura más alta que otros lugares. Muy pronto comprobó que al introducir su cuerpo en el agua templada, se sentía reconfortado, por lo que lo hizo regularmente. Transcurrido cierto tiempo, vio con sorpresa que la enfermedad que tenía en la piel había desaparecido, por lo que regresó a la hacienda contando lo sucedido. Todos quedaron asombrados. El Taita narró la historia de la cura de su enfermedad y finalmente le dijo a sus amos: “ha sido un milagro de nuestro padre, San Diego” (12).

Referencias Bibliográficas

1) Cabanes D. Costumbres íntimas del pasado; la historia de los baños. Madrid. Editorial Mercurio, 1928:7-20.
2) Athenée. Libro III, capítulo XXXV.
3) Poll. Libro IX, capítulo VI.
4) Fargier E. J. Del uso del baño caliente entre los antiguos. Tesis de Burdeos, 1898.
5) Menard V. Vida privada de los antiguos. Tomo IV p.103.
6) Dupony J. Medicina y costumbres de la antigua Roma. Pp. 272-278.
7) Memoria de la academia de inscripciones. Tomo XV, pp. 679-683.
8) Clot Bey. Ojeada general sobre Egipto. Bruselas, 1840.
9) Thevenot R. Viaje por Levante, pp. 115-121.
10) Marie de Saint-Ursin. El amigo de las mujeres, 2da. Ed. Pp. 114-115.
11) Chang F. Datos de interés sobre San José del Lago. Monografía, 1988:3-6.
12) Cabrera L. Monografía histórica sobre San Diego de los Baños, 1974:11-12.

 

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