UNIVERSIDAD DE CIENCIAS MÉDICAS DE HOLGUÍN

Obesidad infantil: Actualización de algunos factores de riesgo

Autores:

Carlos Manuel Padilla González 1

Tutor:

Dr. David Yunior Velasco Peña 2

Dr. Andrés Andrés Matos 3

Estudiante de Medicina 5to Año, Alumno Ayudante de Pediatría 1

Residente de Medicina General Integral. Profesor Instructor 2

Especialista de 2do Grado en Pediatría. Profesor Auxiliar. 3

 

RESUMEN

En nuestros días, el sobrepeso y la obesidad son un importante problema de salud pública para niños y adolescentes. La obesidad infantil es el principal factor de riesgo de obesidad en el adulto, de síndrome metabólico, diabetes mellitus tipo 2 y de enfermedades cardiovasculares. Se realizó una revisión de 33 bibliografías, con el objetivo de describir algunos factores de riesgo asociados a la obesidad en niños y adolescentes. Se utilizaron fuentes de búsquedas como Lilacs, Scielo Cuba, Pubmed y la Revista Cubana de Pediatría. La presencia de obesidad entre la población infantil obedece a factores de tipo genético, como los antecedentes de obesidad familiar y a otros relacionados con el estilo de vida, entre los que se destacan una pobre actividad física y factores nutricionales.

Palabras Clave: obesidad, nutrición, niños, adolescentes.

 

INTRODUCCIÓN

El sobrepeso y la obesidad se han incrementado de manera notable en los niños y adolescentes cubanos en las últimas décadas. La obesidad infantil se asocia al desarrollo desde edades tempranas de la vida, de enfermedades crónicas que incluyen hipertensión, dislipidemia, hiperinsulinemia, trastornos ortopédicos y problemas psicológicos, que persisten en la vida adulta. (1)

La nutrición está integrada por un complejo sistema. Si en el adulto tiene por objeto el mantenimiento de las funciones vitales, en el niño adquiere una dimensión mayor, al ser el factor determinante del crecimiento e influir de forma importante en el desarrollo. La malnutrición por exceso resulta el trastorno de nutrición más frecuente en la infancia. (2)

La Organización Mundial de la Salud (OMS) hace poco tiempo identificó la obesidad como una enfermedad y como la nueva epidemia del siglo XXI. Esto ha estado aparejado al aumento de las morbilidades asociadas, como Diabetes Mellitus Tipo 2, dislipidemias e Hipertensión Arterial. Se estima que en el mundo hay 22 millones de niños menores de cinco años con obesidad; asimismo, se ha reportado un incremento de la prevalencia del sobrepeso y la obesidad en todos los grupos de edad en Estados Unidos durante la última década, el cual es más marcado en escolares y adolescentes, donde se ha duplicado y triplicado. En este país, en la década del sesenta, la prevalencia de la obesidad en la niñez y adolescencia se estimó en 4,2 % para las edades de 6-11 años, y de 4,6 % para las de 12-19 años; en cambio, los estimados se incrementaron a 19,6 % y 18,1% respectivamente, para 2007-2008. Para el 2020, esta prevalencia alcanzará el 35 % en Europa y el 45 % en América, y aun en Asia pudiera alcanzar el 20 %, condición que se ha relacionado con cambios en los estilos de vida. (3,4)

A partir de los años 70, en Cuba se inició la ejecución de estudios antropométricos en niños y adolescentes, para conocer los cambios y tendencias ocurridas en el crecimiento de la población de esas edades. En años posteriores se continuaron realizando estudios antropométricos, pero no fue hasta 1972-1973 que se ejecutó el primer Estudio Nacional sobre Crecimiento y Desarrollo, con una muestra de 56 000 niños y adolescentes entre 0 y 19 años de todo el país. Con el estudio se obtuvieron patrones de referencia, según sexo y edad, de 15 dimensiones antropométricas. En cuanto al desarrollo sexual, se estimaron las edades de transición de los estadíos de desarrollo de Tanner y de aparición de la menarquia, así como el establecimiento de normas de maduración ósea para la población cubana menor de 19 años. (4) En La Habana se efectuaron en 1993 y 1998. Los indicadores antropométricos de composición corporal mostraron en el estudio de 1998, las cifras más altas de grasa corporal de todas las investigaciones realizadas, iniciando la presentación de un fenómeno que ha continuado acentuándose. En el 2005 se repitió una nueva investigación, hallándose que la proporción de individuos dentro de esa población con valores altos de adiposidad, ascendió de 13,3 % en 1972 a 28,9 % en 2005, (5) por lo que se puede observar que esta cifra ha ido en aumento.

El estudio del crecimiento y estado nutricional tiene gran importancia en el cuidado de la salud de los niños y adolescentes, ya que prácticamente todos los problemas orgánicos, afectivos y sociales que sufren en esas edades se reflejan en un cambio del patrón normal de crecimiento y desarrollo. (6)

La infancia resulta un período importante, no solo para el crecimiento y desarrollo físico del individuo, sino también para la adquisición de conocimientos que favorezcan hábitos y estilos de vida saludables. La obesidad es una enfermedad en sí y a su vez, un importante factor de riesgo para otras afecciones. Aún los materiales científicos acerca de este tema suelen ser insuficientes, por lo cual realizamos una revisión bibliográfica.

 

OBJETIVO

Describir algunos factores de riesgo asociados a la aparición de obesidad en niños y adolescentes.

 

DESARROLLO

En la literatura nacional e internacional se mencionan múltiples factores endógenos y exógenos que favorecen la aparición de la obesidad en la infancia y la adolescencia. Algunos investigadores como la Dra. Carmen Guerra Cabrera (7) y la Dra. Georgina María Zayas Torriente (8) citan los siguientes:

  1. La Nutrición y genética materna.
  2. La Diabetes Gestacional.
  3. Peso al nacer inferior a los 2500 g o superior a 4000 g.
  4. La no presencia de lactancia materna hasta los 6 meses.
  5. Antecedentes familiares de obesidad.
  6. Estilos de vida sedentarios.

Otros autores también señalan los altos niveles de colesterol y triglicéridos, la resistencia a la insulina entre otros. (9)

La manipulación del ambiente metabólico y hormonal en la madre, como consecuencia de un incremento o descenso de la ingesta dietética al final de la gestación, puede actuar determinando la reducción de la deposición del tejido adiposo en el feto y su posterior crecimiento. En este sentido, también se menciona la participación de la hormona leptina. (10) Niños que crecen en el útero de madres malnutridas se marcan fenotípicamente como fetos ahorradores, los cuales al nacer bajo peso y arribar a un ambiente obesogénico, muestran un crecimiento rápido durante el primer año de vida; que lejos de ser saludable, les conduce en edades posteriores a intolerancia a la glucosa, síndrome metabólico, obesidad, diabetes y muerte por enfermedades crónicas. (11)

Algunos autores hacen referencia a que en el caso de madres diabéticas o intolerantes a la glucosa, los niveles de glucosa materna y fetal en sangre son más altos y esto determina un mayor peso al nacimiento en sus hijos, que tienen riesgo de desarrollar obesidad e intolerancia a la glucosa en la edad adulta, vinculado a la resistencia a la insulina. (12-15)

La aparición de obesidad en los hijos de madres diabéticas también aparece como respuesta al hiperinsulinismo materno y fetal, según nuestro criterio. Es conocido que la insulina puede actuar como un factor de crecimiento, provocando un aumento en la síntesis de depósitos titulares, principalmente en el tórax y abdomen del feto, produciendo un macrofeto. Si este niño nace bajo estas condiciones y está expuesto a factores exógenos, como una dieta rica en carbohidratos o hábitos de vida sedentarios, corre el riesgo de desarrollar obesidad.

Ciertos patrones dietéticos se asocian con un incremento del peso y el desarrollo de arterioesclerosis desde edades tempranas. El mal hábito alimentario desde la niñez provoca en un inicio obesidad infantil, que suele vincularse a disturbios endocrinos, aparición precoz de enfermedad cardiovascular y elevación de la incidencia de muerte en edades tempranas de la vida; ya que se asocia a un aumento del fibrinógeno, en la inhibición de la actividad del plasminógeno (PAI-1), de la viscosidad plasmática, que en conjunto favorece la aparición de la placa de ateroma. (16)

Algunos autores como Von Kries señalan un efecto protector constante y dependiente de la dosis de la lactancia materna, sobre el riesgo de sobrepeso y obesidad, lo cual fue evidenciado en un trabajo realizado en niños en edad escolar. (17)

Otros investigadores como Raimundo Fernández Díaz abordan el tema de cómo la lactancia materna exclusiva es un factor protector para el desarrollo de obesidad en los niños. (18) Su investigación efectuada en el municipio de San Luis en Santiago de Cuba, arrojó de que cerca de la tercera parte de los niños obesos no habían recibido lactancia materna exclusiva en los primeros 6 meses de vida. Este investigador explica que la leche materna es biológica y nutricionalmente superior a las fórmulas derivadas de la leche de vaca y de otras fuentes, ya que los nutrientes que contiene están en las cantidades y proporciones adecuadas para lograr una máxima biodisponibilidad en el lactante, durante el primer año de vida extrauterina. La osmolaridad de la leche materna y el contenido de la misma en enzimas digestivas y factores moduladores de crecimiento, no solo hacen posible una mejor digestión, sino que también contribuyen al desarrollo del tubo digestivo durante los primeros meses de vida del niño.

En la aparición de la obesidad actúan factores exógenos o ambientales y endógenos. Sin lugar a dudas, el componente genético tiene una función incuestionable en la aparición de la obesidad; sin embargo, su fuerte asociación con el "ambiente obesogénico" o "tóxico" en el cual se vive actualmente, es igualmente incontrovertible. (19)

La literatura cita como factores de riesgo de obesidad en Pediatría, entre otros, los antecedentes patológicos familiares de obesidad, cuando ambos padres son obesos el 80 % de los hijos pueden serlo, mientras que si un padre es obeso la incidencia cae al 40 % y llega al 14 % cuando ambos padres no son obesos. (8); aunque no está claro en esta relación, cuánto puede haber de “herencia genética” o de “herencia de hábitos”. La búsqueda de genes relacionados con la obesidad exógena ha tenido un gran avance en estos últimos años. Hasta la fecha se han identificado, al menos, cinco genes relacionados de manera directa con la obesidad en el humano. El más importante de ellos es el gen obeso (ob), en el cromosoma 7. (8)

La mayoría de los estudios en niños y adolescentes han valorado mediante cuestionarios, el tiempo en conductas sedentarias como tiempo viendo televisión. (20,21) Aunque el tiempo viendo televisión puede representar una parte importante del que los jóvenes pasan en actividades de baja intensidad, dista mucho de ser un buen indicador del tiempo diario en este tipo de actividades. Además, la evaluación de estos patrones sedentarios mediante cuestionarios en estas edades presenta ciertas limitaciones. (22) Por otra parte, el tiempo viendo televisión se ha mostrado asociado con patrones de alimentación (23) y sueño poco saludables, fenómeno que puede distorsionar algunas de las asociaciones encontradas entre el consumo de televisión y diferentes indicadores de salud. Todos los elementos reseñados podrían contribuir a explicar los resultados ambiguos presentes en la literatura, sobre la contribución de las conductas sedentarias en el desarrollo de la obesidad y diversos factores de riesgo cardiovasculares (FRCV).

Hamillton ha señalado la posibilidad de que el tiempo dedicado a conductas sedentarias (inactividad fisiológica o «tiempo sentado») sea un elemento relevante en el desarrollo de obesidad, enfermedades cardiovasculares y metabólicas, e incluso de algunos tipos de cáncer. Otros estudios han indicado la posibilidad de valorar el tiempo diario consumido en niveles bajos de actividad física, de forma objetiva mediante acelerometría, para poder examinar los postulados de Hamillton. (23)

En nuestro país, algunos investigadores indican que la escasa actividad física y los hábitos sedentarios en la adolescencia, tienden a perpetuarse en la edad adulta; llegando a convertirse en un factor de riesgo para enfermedades cardiovasculares, diabetes de tipo 2, así como alteraciones osteomusculares y otras enfermedades crónicas no transmisibles. Por ello, es posible caracterizar la niñez y la adolescencia como el período en que se puede establecer un estilo de vida sedentario y poco saludable. (8) En este sentido, las investigaciones presentadas por Héctor Poletti y Barrios (24) dan fe de que los adolescentes dedican como promedio, cerca ocho de horas diarias frente al televisor, videojuegos y computadora, esto coincide con los estudios de Hamilton (23) referidos a su asociación con hábitos sedentarios, inadecuadas conductas alimentarias y al desarrollo posterior de obesidad.

Resulta indudable que el principal factor que contribuye a la obesidad infantil es, entonces, el ambiente físico y social que promueve el consumo de alimentos elevados en grasa y calorías, así como minimiza las oportunidades para realizar actividad física de forma más eficiente. (19)

En la obesidad existen varias alteraciones fisiopatológicas como la resistencia a la insulina. La dislipidemia asociada a la resistencia a la insulina, se puede originar por la incapacidad de la insulina para inhibir la lipólisis a nivel del tejido adiposo, la cual produce un aumento en la liberación de los ácidos grasos libres (AGL), un mayor aporte de estos al hígado y un incremento en la producción de las lipoproteínas de muy baja densidad (VLDL), ricas en triglicéridos. Estas últimas intercambian triglicéridos por esteres de colesterol con las moléculas HDL y LDL, dando lugar a la aparición de partículas de HDC ricas en triglicéridos que son degradadas, disminuyendo así sus niveles plasmáticos. Por otra parte, las partículas de LDL ricas en triglicéridos son hidrolizadas por la lipasa adherida al endotelio (LPL), generando partículas de LDL pequeñas y densas. Este perfil alterado aumenta el riesgo de enfermedad cardiovascular. (25)

Al analizar las relaciones de riesgo unidas al sobrepeso, así como los patrones dietéticos inadecuados que existen hoy, se puede concluir que los niños obesos poseen un mayor riesgo de enfermedades cardiovasculares en sus años de adultez, entre ellas la aparición del síndrome metabólico o síndrome X. (26,27)

Este hallazgo coincide con los estudios desarrollados por Pérez de C. y Col., (28) quienes estudiaron el perfil lipídico en niños y adolescentes en el estado Anzoátegui, Venezuela; así como el desarrollado por otros investigadores en Colombia y Cuba, (29,30) señalando que los niños con altos niveles de colesterol y triglicéridos poseen un riesgo elevado de padecer obesidad y enfermedades cardiovasculares, entre ellas la Hipertensión Arterial (HTA).

Por otra parte, algunos investigadores refieren, que concentraciones séricas de Colesterol Total > 180 mg/dL (4,66 mmol/L) en la niñez, son predictivas de Colesterol Total > 240 mg/dL (6,22 mmol/L) en la edad adulta. (31)

Es importante pensar cuántas enfermedades se pudieran prevenir en la vida adulta (HTA, Cardiopatía Isquémica, Hipertrofia Ventricular Izquierda, Insuficiencia Cardíaca, Enfermedad Tromboembólica) si controlamos la obesidad en la niñez, sabiendo que esta es un importante factor de riesgo. Este pensamiento lo expresan varios investigadores, (32,33) los cuales hacen énfasis que el mejor paso para disminuir su incidencia resulta una prevención oportuna.

En este sentido, los médicos de la Atención Primaria de Salud deben jugar un papel primordial. Iniciando con una atención prenatal eficiente que logre una gestante con un peso adecuado, con el control de factores de riesgo como la obesidad y la diabetes. La realización oportuna de la puericultura, para conducir el crecimiento y desarrollo de los niños, logrando la formación de estilos de vida saludables, con una alimentación que responda a los intereses energéticos del infante y una actividad física sistemática.

 

CONCLUSIONES

La obesidad es una enfermedad compleja y multifactorial. La presencia de obesidad entre la población infantil obedece a factores de tipo genético, como antecedentes de obesidad familiar y a otros relacionados con el estilo de vida, entre los que se destaca una pobre actividad física y factores nutricionales.

 

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